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Puccini en Buenos Aires

Dos hermanos, dos destinos

Es posible que Giacomo Puccini no lo sospechara en esa época, ni siquiera abrigara el temor de una posibilidad semejante, pero por los años en que comenzó a poner música al drama de Manon Lescaut, una historia tan trágica como la de su heroína lo acechaba en su vida personal:

La muerte y desaparición de su hermano menor, Michele Puccini, en el norte de Argentina, un país que el músico visitaría en l9O5, ya en plena gloria y cuando había pasado más de una década de aquel suceso.

Michele no falleció en el desierto norteamericano, como Manon, pero la tierra en la que quedaron olvidados sus restos y la módica y solitaria utopía de felicidad que trajo al llegar de Italia, era tan inhóspita como aquel páramo.

Es irónico, pero para muchos artistas europeos del siglo XVlll, tiempo en el que le tocó vivir al autor de la novela de Manon Lescaut, el abate AntoineFrancois Prévost, América era un mundo desconocido y lejano.

Una geografía magnificada por la leyenda que los románticos, aguijoneados por el deseo de rebelarse contra el orden de los cánones clásicos, elegían a menudo como exótico escenario de sus aventuras de amor, expiación y muerte. Cuando Manon es condenada al exilio se la envía como castigo a América.

Y es allí, en un desolado paraje al que ha llegado con el caballero Des Grieux, donde muere.

Pero ya en el siglo de Prévost, y sobre todo en el siguiente, América había comenzado a ser mucho más que la fuente de inspiración romántica de algunos artistas.

Poco a poco, y con el correr de las décadas, se fue transformando en el sueño de salvación de miles y miles de hombres que, seducidos por los mitos del oro y la rápida prosperidad, creyeron que en su suelo podían redimirse de las infinitas privaciones a que se los condenaba en sus países de origen. Un lugar extraño, lleno de desafíos y peligros, pero, por eso mismo, enormemente atractivo para los espíritus transgresores y para aquellos que suponían que nada peor que lo que les ocurría podía aguardarles en las nuevas tierras.

Argentina, para muchos miles y miles de italianos, españoles y extranjeros en general, fue parte de ese sueño, cuyo costado más amargo inmortalizó el teatro de Discépolo. Como el Stéfano de la obra hómonima de don Armando, Michele Puccini fue uno de los hombres alcanzados por esa quimera.

Las primeras hipótesis de su muerte, nunca confirmadas, suponen que falleció en Jujuy, víctima de una epidemia de fiebre amarilla. Había marchado a esa ciudad, procedente de Buenos Aires, para ocupar una plaza de maestro de canto y música. La última carta conocida que recibió su hermano fue remitida desde allí.

Investigaciones posteriores del escritor Héctor Tizón en los archivos funerarios de Jujuy no permitieron encontrar, sin embargo, ningún acta de defunción que llevara el apellido Puccini. Nuevas conjeturas arriesgan que podría haber fallecido en el Chaco o en el Brasil, y que, tal vez, atacado por la fiebre amarilla, su cuerpo haya sido quemado y enterrado en una tumba sin nombre.

América fue entonces, para el autor de Tosca, mucho más que el ignoto paisaje donde transcurre el trágico final de una ópera. Constituyó en su vida el mapa que lo unió a una historia de recuerdo desdichado, y tiempo después, cuando los ecos de aquel suceso se habían adormecido, el teatro de infinitos triunfos.

Sin embargo, antes de esas dos marcas definitivas, fue también una ilusión, porque como su hermano y como muchos otros italianos se esperanzó, en épocas de vacas flacas, con la idea de emigrar a la Argentina. Fue un proyecto fugaz, es cierto, pero no por eso menos intenso y real, como lo prueba la correspondencia que mantuvo con Michele, que había inmigrado a la Argentina en l888, mucho antes de que su hermano mayor se hiciera famoso.

El 24 de abril de l89O, Giacomo Puccini envía una carta a su hermano Michele en los siguientes términos: “No sé si iré al campo, ya que estoy en la ruina. Si te va bien allí donde estás, yo también iría, en caso de haber trabajo para mi. Escríbeme a este respecto. Estoy cansado de esta eterna lucha con la pobreza”.

El 3 de abril, escribe otra misiva en la que, entre otras cosas, dice: “...Si pudiese hallar maneras de ganar dinero, iría adonde estás. ¿Hay alguna posibilidad para mí allá? Abandonaría todo e iría. Escríbeme con frecuencia y cuéntame todo lo que haces... Anoche trabajé hasta las tres de la madrugada, y luego cené un manojo de cebollas...

Ten cuidado y vive lo más ahorrativamente posible. Trata de enriquecerte tú, al menos. Yo no tengo esperanza de ello. Aquí los teatros son mezquinos, el público se vuelve cada vez más difícil. ¡Dios me ayude! Estoy preparado, absolutamente preparado para ir, si me escribes.

Iré y nos arreglaremos de alguna manera. Pero necesitaré dinero para el viaje, ¡te lo advierto!”

Poco tiempo después, una carta de Michele desde la Argentina pulveriza el plan de su hermano: “Te prevengo... No vengas acá. No puedes imaginar las que he pasado. ¡Vaya vida! Salí de Buenos Aires, donde trabajé como un esclavo, sin ganancia alguna que mostrar, debido al alto costo de la vida. Entonces me dijeron que en la provincia de Jujuy obtendría un cargo enseñando canto, piano e italiano por trescientos escudos mensuales. Crucé los Andes y tras innúmeros sufrimientos, llegué por fin a Jujuy.

Por supuesto, como era previsible, ese sitio está lleno de gente de Lucca, pero América no me cuadra. Entretanto, me inquieta un poco la epidemia de gripe. Mi aula está vacía.”

Michele fue el último de los siete hijos (cinco mujeres y dos varones) dados a luz por Albina Magi. Se llamó como su padre, al que sin embargo no conoció pues falleció en enero de l864, pocos meses antes de nacer él. Alguna vez, Puccini confesó: “Siempre he llevado conmigo una pesada carga de melancolía. No tengo ninguna razón para ello, pero así estoy hecho”. Hay razones para suponer que, en gran parte, esa melancolía tuvo como causa la pérdida del padre a edad temprana. También es probable que la muerte del hermano en condiciones tan terribles haya dejado huellas dolorosas en su alma.

El biógrafo del músico, Mosco Carner, dice que en l893, después del enorme éxito de Manon Lescaut, Puccini quiso traer de vuelta a Italia a su hermano, pero su intento no prosperó porque él ya había muerto o estaba gravemente enfermo.

De momento, nadie sabe más detalles de esta “novela trasatlántica”, como la define Blas Matamoro.
Y Puccini, por lo menos públicamente, no habló nunca más de ella.

En todo caso, cuando llegó a la Argentina en l9O5, Puccini no era ya aquel joven que había acariciado la insensata idea de emigrar. Era un maestro famoso con varias óperas estrenadas y un éxito en los grandes teatros del mundo que no conocía ninguno de sus pares.

Habían pasado más de diez años de la muerte de su hermano y no guardaba seguramente rencores contra un país que a principios de julio lo recibía como a una celebridad mundial. Con la discreta amabilidad en que envolvía todos sus gestos, Puccini soportó estoicamente la agobiante hospitalidad de una ciudad que, sedienta de verlo y agasajarlo, multiplicó por decenas los homenajes.

Gobernado por Manuel Quintana desde l9O4, el país seguía sufriendo las clásicas convulsiones sociales provocadas por un proyecto concebido para pocos. No obstante, la economía y las finanzas habían comenzado a mejorar desde el final de la administración del general Julio A. Roca y si bien esto no aseguraba un cambio sustancial en la situación del país, transmitía una mayor tranquilidad a ciertos sectores de la población. El levantamiento del estado de sitio en los primeros meses del año, luego reimplantado en diciembre, reforzaba esa sensación.

En Buenos Aires comenzaban a aparecer los tranvías eléctricos y se iniciaban las obras del primer subterráneo. Y el art nouveau florecía en las construcciones. En el plano de la cultura, la metrópoli seguía siendo un hervidero de actividad y un verdadero muestrario de talentos. En l9O5 se dieron a conocer, entre otras obras, el Marco Severi de Roberto Payró (un vigoroso alegato contra la ley de residencia que permitía expulsar extranjeros), Locos de verano de Gregorio de Laferrere, Barranca abajo, En familia y Los muertos de Florencio Sánchez, La guerra gaucha de Leopoldo Lugones y Los perseguidos de Horacio Quiroga.

No parece que Puccini tomara conocimiento de toda esta actividad, a pesar de lo mucho que le gustaba el teatro. El sinfín de agasajos, la asistencia a conciertos y óperas y algunas partidas de caza, uno de sus deportes favoritos, en la estancia “El Dorado” de Benito Villanueva, en Vedia, y otras en Tandil, le ocuparon la mayor parte de sus horas. La revista Caras y Caretas, la más popular de ese entonces, reflejó en una crónica esas jornadas: “La cacería con sus múltiples peripecias tuvo resultados sumamente felices, pues tanto Puccini como sus acompañantes son excelentes tiradores. Así se explica que los morrales hayan regresado repletos de sabrosas piezas. Puccini parecía sugestionar a las traviesas liebres, pues pocos de sus tiros dejaron de pegar en el blanco”.

Durante su estadía, Puccini que se alojó con su esposa en el viejo edificio del diario La Prensa, en Avenida de Mayo, y fue huésped de sus dueños, los Gainza Paz concurrió a la representación de Madama Butterfly, con Rosina Storchio en el papel principal, y de Edgar, ambas representadas en el Teatro de la Opera.

Al parecer, la primera función de Edgar, en la que intervinieron los cantantes Giachetti, Russ , Zenatello, Nani y Ercolani, se hizo con un solo ensayo de conjunto previo. Un comentario periodístico del acontecimiento sostiene el 8 de julio que, frente a este hecho, Puccini exclamó: “Queste cose si vedono solo in America”, sin consignar si el bocadillo tenía un sentido elogioso o desaprobatorio.

Ese, como otros episodios de la permanencia del músico fueron cubiertos detalle a detalle por los matutinos de la época, especialmente por La Prensa, que atravesaba su período de mayor gloria y cuya crítica de espectáculos era en lo sustancial una crónica social dedicada a la descripción, con palabras de la moda francesa, del vestuario y las joyas de las distinguidas damas que asistían a las funciones.

En aquella temporada de l9O5, se dieron en Buenos Aires cinco óperas de Puccini: Edgar, Manon Lescaut, La bohème, Madama Butterfly y Tosca. Estas obras tuvieron su premiere americana en Buenos Aires, a pocos meses y, en algunos casos a semanas, de su estreno mundial.

Puccini, que había llegado a bordo del vapor “Tomaso di Savoia”, regresó a su país el 8 de agosto de l9O5 y fue despedido cálidamente por decenas de admiradores y amigos. Muchos de ellos habían disfrutado hasta el éxtasis la presencia de este genio que, de haber llegado al país unos años antes, como soñó hacerlo, acaso no habría sentido más que frío y desazón. Para algunos individuos, no importa cuán luminoso sea su espíritu, “el destino es oscilante”, como decía Malraux. Para otros es rígido como el acero.