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Memoria del Teatro Colón
La ópera en el viejo Buenos Aires

La ópera tiene antiguo arraigo en Buenos Aires. Desde sus tibias manifestaciones iniciales, el género penetró profundamente en la sociedad colonial, expandiéndose hasta un punto que no conocieron otros países de América. El primitivo Teatro Colón aquel de la Plaza de la Victoria que, inaugurado en 1857, tuvo el curioso destino de convertirse en una institución bancaria, era el primer gran teatro que poseía el país, y tenía una apreciable capacidad, que no condecía con la densidad demográfica que Buenos Aires presentaba por entonces.

El viejo Teatro Coliseo (1804), luego reconstruído y rebautizado Coliseo Argentino (1834), y el Teatro de la Victoria (1838), no estaban ciertamente en condiciones de competir con el Colón, por cuyo escenario desfilaban los grandes artistas líricos de la época, protagonizando espectáculos que deslumbraban a los noveles aficionados, carentes de referencias que les permitieran evaluar a conciencia lo que habían visto y oído. Todo ello, a apenas treinta años de la primera representación de una ópera completa en la ciudad (Il barbiere di Siviglia, de Rossini, el 27 de septiembre de 1825, en el Coliseo).

Breve fue la historia del viejo Teatro Colón. En 1887, callaron las grandes e ilustres voces que resonaban en aquel recinto, para que el mismo pudiera ser habilitado en orden a su nuevo destino. Pero mientras todavía estaba activo, otros teatros se incorporaron al quehacer artístico de la ciudad. Fueron el de la Opera y el Variedades en 1872, el Politeama Argentino y el San Martín en 1879, y el Nacional, de la calle Florida, en 1882. Luego, en la última década del siglo, se suman el Odeón (1892), construído en el mismo solar de la calle Esmeralda en el cual se había alzado el primer Teatro Variedades y el nuevo Coliseo (1905). Pero ya que de ópera se habla, no debe olvidarse el Marconi, construído en 1903 en el barrio de Balvanera, en el mismo lugar que hasta dos años antes había ocupado el Teatro Doria, entre cuyas actividades se habían contado la ópera, la zarzuela, el sainete y la payada, y al que la aguda inventiva popular había bautizado como "El Galpón", aludiendo, sin duda, a sus precarias instalaciones. Más generoso se mostró el público del popular barrio porteño hacia el Marconi, al que llamó, risueñamente, "El Colón del oeste".

Todos los teatros mencionados estaban todavía en actividad en 1908, año de la inauguración del nuevo Teatro Colón, y todos ellos satisfacían la avidez del público porteño por la ópera, que casi siempre se ofrecía en un apreciable nivel de calidad. El Coliseo Argentino, cuya sala estaba abierta a todo tipo de manifestaciones, se consagró desde 1907 al drama y la ópera, y sus espectáculos líricos adquirieron bien pronto una excelencia que el favor del público recompensó ampliamente.

Siete salas de la ciudad que actuaban en el campo de la ópera, no es poco decir. Compañías líricas europeas, en su mayor parte italianas, desembarcaban cada año en el puerto de Buenos Aires. No sólo llegaban cantantes de los principales teatros de la península, sino que venían a pleno sus cuerpos artísticos y técnicos, con las escenografías del repertorio que proponían desarrollar. Por supuesto, las más importantes de estas delegaciones artísticas tenían como destino los tres principales teatros: el Coliseo Argentino, el Politeama Argentino y el de la Opera, virtual heredero del primitivo Teatro Colón, que en 1889 había sido remodelado bajo la dirección del arquitecto Julio Dormal, el prestigioso profesional que luego habría de ser responsable de completar la obra del nuevo Colón

A ellos se sumaba ahora este nuevo Colón, cuyos concesionarios operaban en la misma dirección que sus colegas de los otros teatros. La flamante, magnífica, imponente presencia del "Teatro de la Plaza Lavalle" fue poniendo las cosas en su lugar, lenta pero firmemente. Las temporadas líricas del Teatro de la Opera fueron perdiendo progresivamente interés, al punto de que sus responsables optaron por abandonar el género lírico. El principal beneficiario de esa determinación fue el Coliseo, cuyas temporadas alcanzaron notable brillo y rivalizaron en logros artísticos con el propio Teatro Colón, sobre todo en el período 1921/1923, coincidiendo con las críticas circunstancias que atravesaban las concesiones del Teatro Colón y que, como no podía ser de otro modo, se trasladaban en parte a la actividad artística.

Esa situación de inestabilidad preanunciaba el cambio fundamental que se operaría bien pronto en la estructura interna del Teatro. Sin embargo, también el Coliseo cedería posiciones y en 1925, precisamente el mismo año en que la Comuna recobra el pleno ejercicio de su potestad respecto del primer teatro de la ciudad, el Coliseo cesa definitivamente su actividad lírica.El Colón, redefine su política artística y administrativa, y descubre una poderosa capacidad creativa que hasta entonces no se había vislumbrado.

Los otros teatros, como el San Martín, el Odeón (cuyos gloriosos muros fueron abatidos hace pocos años) y el Nacional, quizás el preferido por la élite porteña, cambian de sentido o bien desaparecen físicamente.

El ilustre Teatro de la Opera es demolido en 1936 para dar lugar al cine que hoy lleva el mismo nombre. Solo proseguirán con sus temporadas líricas, si bien limitadas, el Politeama Argentino, hasta su demolición en 1958, cuando se convierte en una playa de estacionamiento que aún existe, y el Teatro Marconi, al que también aguardaba la piqueta.

Sin duda alguna, con la aparición en la escena lírica porteña del nuevo Teatro Colón todo un lujo para la ciudad y para el país cae el telón sobre un brillante pero ya agotado pasado, y se inicia un nuevo período histórico en el que el Colón no solamente concentra toda la actividad lírica de la ciudad, sino que se convierte, por derecho propio, en el eje de la vida musical de la ciudad.

Creados en 1925 los cuerpos estables (Coro, Orquesta y Ballet), se ve asimismo muy favorecida la actividad en torno del repertorio orquestal, a través de ciclos sinfónicos en los que alternan con la Orquesta Estable ilustres conjuntos europeos y americanos como la Filarmónica de Viena y la Orquesta de la NBC, de los Estados Unidos, con batutas de la talla de Félix Weingartner, Artur Nikisch, Richard Strauss,Arturo Toscanini y muchos otros. Lo mismo ocurre con la música de cámara, ya que pese a la validez del reparo de que las dimensiones de la sala no condicen con las exigencias de intimidad que requiere ese género, la casi milagrosa acústica de la misma se encarga de compensar esas diferencias.

Todas las manifestaciones más válidas y jerarquizadas del arte musical han tenido y siguen teniendo cabida en el Teatro Colón, abierto también a la actividad de las principales entidades musicales privadas de la ciudad. Decíamos hace treinta años en un trabajo similar que "todo lo que de significativo, de constructivo, de verdadero, de liminar, de perdurable, ha acaecido en la vida musical de Buenos Aires desde la inauguración del Teatro Colón, ha ocurrido dentro de sus muros. El Teatro ha albergado esas manifestaciones, que es también una forma de promoverlas, y ha determinado a la vez una brillante acción externa organizada por terceros, que ha tenido en el Teatro Colón un poderoso centro motor y un constante estímulo".

Este año realiza el Teatro Colón su nonagésima temporada. Ha quedado atrás un rico historial cuyos puntos artísticos de mayor relevancia se irán recordando en notas sucesivas, mientras la Institución, una de las más importantes del patrimonio cultural argentino, prosigue su marcha, fiel a su tradición y con la mirada puesta en el futuro. Como debe ser.